sábado, 3 de diciembre de 2011

3 de Diciembre, día de las personas mágicas.

Mi persona mágica ha transformado mi vida. Aun no tengo muy claro, o digamos mejor que aun lucho por discernir, si esa transformación fue para bien o para mal. Unos días disfruto de mi nuevo yo: la madre paciente que repite una y otra vez las mismas respuestas, los mismos rituales, las mismas rutinas... Y otros días este nuevo yo, que vive como un burro con orejeras, se da cuenta de su propia obsesión y comprende que se olvida, a veces, del resto de las personas que le rodean. A veces me gusto y otras no tanto.

Pero los días que no me gusto, acabo por comprender que si de algo sirve darle tantas vueltas a la cabeza es para tener un cometido en la vida... si Salvador no existiera tal y como es, posiblemente yo no tendría ni idea de que en el calendario hay un día de las personas con discapacidad. Y no es que este día sea más importante que el día de las mascotas, el de los abuelos o el de el conejo al ajillo (cada cual a lo suyo, oiga), pero da la sensación de pertenencia. Pertenecemos al importante colectivo de las personas mágicas, las que nos cambian la vida y eso es algo que no todo el mundo puede disfrutar.

DÍA INTERNACIONAL DE LAS PERSONAS CON DISCAPACIDAD - 3 diciembre
“Discapacitado no es la persona que vive con la discapacidad, sino el que no la entiende y no sabe enfrentarla” (Anónimo)

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Dos palabras y un corazón

Hay que estar muy ducho en batallas para interpretar mensajes cifrados. Y conocernos para saber que lo que voy a mostraros es el tesoro más importante de mi colección. Que guardo en mi cuaderno de viaje caídas a la Fosa de las Marianas justo al lado de la coronación al Monte Everest. Que hubo un tiempo en que hubiera dado mi vida por retroceder y poder cambiar, por deshacer el nudo que me trajo hasta aquí y volar, volar... tan alto y tan lejos que al aterrizar no recordara quien soy, ni quien fui, ni si voy a alguna parte.

Reconozco que con el tiempo perdí la esperanza y dejé de buscar imposibles, de soñar lo que nunca pudo ser. Hasta hace tres días, en el preciso momento en que recibí la carta más bonita del mundo:



domingo, 23 de octubre de 2011

Donde tú ves colores, yo veo magia

Salvador odia la lluvia. Y aunque este otoño se ha hecho de rogar, finalmente ha hecho acto de aparición. Las consecuencias de algo tan sencillo y necesario van mucho más allá de lo que los meteorólogos, agricultores o ecologistas pueden suponer... Para un niño de 9 años que odia la lluvia y que no entiende que yo no puedo apagarla por mucho que lo implore, supone una auténtica tragedia.

Haces acopio de paciencia, de recursos psicológicos, de valor y resistencia y le explicas una y otra vez que la lluvia se apaga sola, que el sol saldrá y secará las paredes, que no es necesario que salga a la calle con la fregona... Poco a poco (muy poco a poco) se calma y se resigna, más o menos. Y entonces empieza la magia...

Coge una pequeña herramienta de plástico (un martillo, unos alicates o lo que sea) y juega a darle pequeños toquecitos a las bombillas, suavemente "mía mamá, toy areglando" y yo sonrío distraída, le digo que muchas gracias por arreglarlo todo y sigo a lo mío... "mía mamá, ahora e' rosa" y yo no sé muy bien a qué se refiere...

Rosa aquí, azul allá... et voilà! Con sus ojos  de inocencia infinita ve luces de colores por toda la casa y tras unos minutos de desconcierto, nos miramos todos y asentimos "¡¡Es verdad!!, ¡¡qué luces tan bonitas!!". La magia de un día de otoño lluvioso transformada en  alucinación colectiva. Porque al final nos dejamos arrastrar a un universo paralelo donde todos vemos sus luces, maravillosas, de colores.

martes, 6 de septiembre de 2011

Autismo sin mitos

Hoy una cosa muy sencillita que tengo la cabeza en el examen del jueves y no doy más de mí. Un enlace a otro blog, La voz de Lara, que es una maravilla.

Los estereotipos a veces ayudan a comprender la sociedad en que vivimos, o para reirnos de nosotros mismos: los andaluces somos flojos, los catalanes agarrados... Otras veces son peyorativos y corren de boca en boca casi sin saber el daño que hacen. Entre todos podemos erradicar esas pequeñas cosas que no nos gustan, no vamos a cambiar el mundo de golpe, pero sí sentar las bases para un entendimiento más fluido y sano.



domingo, 28 de agosto de 2011

Todavía no estoy preparada para las conversaciones secretas

El insomnio hace que me siente aquí a escribir de madrugada, para ver si hilvanando letras encuentro el pensamiento justo. Uno que me sosiegue, o me calme. Lo mismo me da. Desnudarse y limpiarse por dentro siempre deja un halo de calma, aunque previamente suban hasta mis sienes palpitando gritos que se ahogan... si les dejo salir despertarían hasta las ánimas benditas... Dios me libre.

¿Qué hago yo creyendo en lo improbable en un mundo que solo me ha dado certezas que escuecen?, ¿qué hago yo aquí hoy mascando palabras pequeñas? Pequeñas porque las dicen niños pequeños, pequeñas no por el contenido sino por el contingente.

Y me doy cuenta de que he hecho un cursillo a largo plazo en la escuela de las respuestas para adultos, también tengo un master en autopsicología barata... los dos títulos cuelgan en sendas alcayatas oxidadas entre el esternón y las costillas. Pero no tengo ni puñetera idea de cómo se usa la cota de malla que impida entrar las conversaciones secretas... esas que solo los niños pequeños conocen, esas que los mayores, y mucho menos las madres, no deberíamos escuchar jamás...

Supongamos que uno pregunta que porqué tu hermano ha repetido curso y tú, con tus 7 años, dices que no lo sabes... Es lógico que el otro piense que tu hermano es tonto, y aun más probable que lo diga. Tus siete años no saben que tu madre te oye decir que sí, que lo es...

Y justo ahí, en ese mismo instante a la madre se le parte el corazón porque cientos, miles, millones de conversaciones secretas estallan en su cabeza. Esa parte infinitesimal de cordura que aun te queda se enjuga las lágrimas y quiere dormir, suplicando que mañana sea otro día.

La parte inmensamente mayor de locura se cabrea con el mundo, contigo y con Dios... si es que existe. Alguien tiene que tener la culpa, YO HOY QUIERO QUE ALGUIEN TENGA LA CULPA.

sábado, 6 de agosto de 2011

Expoliando el patrimonio




 Me han dado un tironcillo de orejas por tener el blog tan olvidado, pero sirva la excusa del verano, tan socorrida ella.

Podría hablar hoy del momento anímico demoledor que estoy pasando, de los dolores internos y externos, de los baches del camino y de lo que es fundamental superar para encontrarnos una buena mañana en la plenitud zen. Y sin embargo no me apetece, por muy segura que esté de que me haría mucho bien.

Sí me apetece hablar de lo que hace días pasó en la playa delante de mis ojos, dos mil años de civilización humana en el transcurso de 30 minutos. Se desentrañaron ante mí el yin y el yang de la mentalidad del Homo sapiens de la manera más inesperada: 3 niños y 2 castillos de arena.

Uno de los castillos estaba allí cuando llegamos, dos fieros guardianes y su séquito de padres lo custodiaban sin que nadie osara  pasar a medio centímetro alrededor, bajo pena de mirada asesina. Otros niños (entre ellos mi hijo) deciden hacer otro, cerca, muy cerca... Buscan sus propias piedras y materiales, se afanan durante un buen rato en hacerlo mejor, tan enfrascados en lo suyo que cuando los pioneros se marchan (supuestamente a comer), el primer castillo queda a merced de las olas, los paseantes y, ahora sí, la segunda civilización de niños colonizadores de playas.

Primero un pequeño saltito furtivo al interior... "mmmm, me llevaré esta piedra". Luego, de dos en dos... finalmente trabajan en equipo para llevarse lo que encuentran a su paso. Caen murallas, desaparecen torreones, y las piedras y tesoros lucen ahora ostentosas, a escasos pasos, en la que ahora es cultura líder. Es el momento de entrar con los pies y manos, machacando cualquier atisbo de arquitectura previa. Resuenan las risas y los vítores. ¡La playa es nuestra!

La contemplación pasiva de este expolio infantil me trajo a la memoria cuando he paseado por Medina Azahara, Éfeso, Olimpia o Roma... Cuando me han contado que tales o cuales piedras, templos o ruinas sirvieron para construir otras civilizaciones, o que quedan más por descubrir pero que se hallan enterradas por otras que llegaron después.... Recordé la indignación que anidó en mí cuando supe que Carlos V se mandó contruir un palacio dentro de la Alhambra y me pareció el colmo de la estupidez humana.

El otro día en la playa caí en la cuenta que los nuevos colonizadores son como los niños pequeños: sin sentido de la propiedad privada, el respeto, ni el esfuerzo de quienes les preceden, por eso no se les puede juzgar, o al menos ahora resulta demasiado pueril por mi parte intentar comprenderlo desde el sillón de mi casa. Hay que estar en el sitio correcto, en el momento adecuado para darle el significado lógico a las cosas.

Ya lo dijo Julio César: Veni, vidi, vinci, en resumidas cuentas.